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“En línea” (whatsapp en los tiempos del desamor)

Hay unos límites que fácilmente se sobrepasan cuando creemos que el interlocutor debe estar forzosamente presente. El medio de comunicación se convierte entonces en una completa obsesión.

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Tú estás en línea y yo estoy en línea, pero no estamos alineados.

Yo robo tu intimidad observando con descaro el rostro impasible de tu foto, la que nunca cambias. Analizo las horas en las que te conectas, intento descubrir algún patrón de conducta que me lleve a una conclusión sobre lo nuestro.

Tú estás en línea y yo estoy en línea, momento sagrado en el cual, de reojo, espero una señal, un “escribiendo…”, que me devuelva por unos instantes la esperanza.

Nunca sucede.

Intento abandonar antes que tú, para que no pienses que te espero, para que no creas que te miro, para que no sea tan descarado que te analizo.

Me muero por tener unas palabras tuyas, aunque sean de reproche…

Tú estás en línea y yo estoy en línea y eso hace imposible que crea que te has muerto y que no vas a volver.

Tú estás en línea y yo estoy en línea y aunque te elimine seguirás conociendo cada una de mis horas de penas y conexiones.

Lo siento amor mío, pero ya no me queda más remedio que escribir tu número en un post-it, usar el bloqueo…

Y eliminarte.

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ImagenCabeza sobre la arena, fotografiada en una exposición de Carlos de Bunes
Puede que critiquemos o juzguemos a otros sin piedad, porque reconocemos en ellos algo nuestro que rechazamos o, al revés: algo que nos gustaría hacer o ser. A veces la admiración viene vestida de envidia, no queremos admitir que queremos llegar a hacer lo que otros se atreven, bien porque nuestras limitaciones nos lo impiden o bien porque nos lo prohibimos por considerarlo inadecuado (miedo al ridículo, a fracasar, a perder la estabilidad que con tanto esfuerzo conseguimos…)
Nos da miedo lo que parece distinto a nosotros porque podríamos correr el riesgo de entenderlo y, si lo entendiéramos, tendríamos que revisar todo nuestro sistema de creencias… Cambiar toda nuestra vida.
Nos hemos creado un personaje tan complejo, que deshacerlo da miedo, porque perderíamos las referencias y las etiquetas, ya no sabríamos quiénes somos, pero tampoco sabríamos quiénes son los demás. Necesitamos etiquetas para saber cómo actuar, porque si dejáramos de ser los personajes que a fuerza de traumas nos hemos creado, quizás no tendríamos que defendernos más, perderíamos el orgullo, la avaricia, la maldad… y sólo nos quedaría amar a los demás tal y como son, porque veríamos que son exactamente igual que nosotros.
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